PARROQUIA DE LA INMACULADA CONCEPCI?N
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"La peor prisión es un corazón cerrado". ----- (Juan Pablo II) -----

 

JORNADA DE BIOETICA
Ponencia en la Jornada de Bioética   22-IV-2005

1.             Fundamentos de la Bioética en la Encíclica E. V.

El papa Juan Pablo II, como respuesta a la llamada “Cultura de la Muerte”, escribía la Carta Encíclica “Evangelium Vitae”, sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana.
 
Trataremos de analizar brevemente los fundamentos de la bioética en dicho documento.
 
¿Qué es persona? Para responder en forma inequívoca a esta cuestión, digamos que hay en la persona un doble misterio: metafísico uno, sicológico otro.
 
 
 
No siendo nuestro objetivo elaborar una metafísica de la persona, nos limitaremos a considerarla del modo como la define la tradición Tomista. Según Santo Tomás, la persona es una substancia, completa, individuada y subsistente. (S. Tomás de Aquino, S. T., 3, q. 2, a 2 c).
Cada uno de estos términos está revestido de un sentido preciso, que conviene recordar rápidamente. Para hacerlo de modo inteligible, necesitamos recurrir a la terminología escolástica. Según ésta, la esencia de una cosa es aquello por lo que ella es lo que es, distinta de todas las demás y localizada en una determinada categoría.
 
La naturaleza es la esencia, considerada como principio de operación. La substancia es la naturaleza considerada en lo que tiene de profundo y estable, o sea, en cuanto soporte de accidentes entitativos u operativos, que son superficiales y variables. Cuando afirmamos que una persona es substancia, esto equivale a atribuirle un carácter esencial  y ver en ella un principio de operación que dá unidad a todas las acciones de un sujeto.
 
Bien coma, bien piense, soy siempre yo quien obra.
 
La persona humana, por lo tanto, no está constituida únicamente por el alma y Santo Tomás expresaba esta verdad, muy importante en la práctica diciendo: “Anima mea non est ego…”, “Mi alma no es mi yo”.  
 
Mi persona es una substancia completa, alma y cuerpo.
 
 La persona es, por lo tanto, una substancia completa, es decir, a la cual compete existir en si, sin recurrir a ninguna otra que viniese a completarla. El cuerpo necesita contar con el alma; el alma precisa del cuerpo; unidos, constituyen una substancia completa, a la cual conviene existir.
 
 3.   Consecuencias de esta concepción.
 
 Esta concepción acarrea algunas consecuencias. Primeramente, hemos de reconocer el valor absoluto de la persona humana. Sin negar, claro está, su contingencia en el plano existencial, debemos afirmar que, en cuanto espiritual, libre y responsable, tiene en sí misma toda su razón de ser, siendo dueña de sus actos y artífice de su destino. Es lo que la tradición cristiana expresa al decir que todo hombre es inefable, queriendo significar que el secreto de la persona es impenetrable. Impenetrable y único.
 
 “Ello constituye como tal…una especie de absoluto que exige un respeto incondicionado” (R. Jolivet).
 
Por eso es que –y esta consecuencia es extremadamente grave- no puede ser jamás considerado como un medio. Tiene, por si mismo, razón de fin, y usar una persona como medio es reducirla al estado de cosa. Por lo tanto todo ser humano que se sirve  de otro para llevar a término sus objetivos viola el orden natural, tratando a esa persona como una cosa.
 
 Realmente, la persona humana no es en modo alguno un medio, y el respeto que se le debe es tal que el mismo hombre no puede ser considerado, ni siquiera en su cuerpo, como un instrumento.
 
 3.1       La relación entre naturaleza y persona.
 
 Al hacer el análisis de las raíces de la cultura de la muerte, la encíclica toca a fondo e ilumina esta delicada relación que está en el centro de la reflexión bioética.
 
 La encíclica, hablando de las causas de la mentalidad de la muerte, recuerda la pérdida del sentido de Dios, como consecuencia de la secularización, y la violencia que se desencadena en las sociedades complejas, recuerda la rotura de vínculo entre verdad y libertad, ya expuesto en Veritatis splendor, pero denuncia ante todo este punto etiológico, que consiste en la rotura de la armonía entre la naturaleza y la persona como consecuencia de una hiper-exaltación de la subjetividad.
 
 Para esclarecer mejor este problema, del subjetivismo, hay que remontarse al período anterior a la ilustración y específicamente, a la revolución que supuso el pensamiento de Descartes en la filosofía. El cogito ergo sum – pienso, luego existo- comportaba una inversión en el modo de hacer filosofía. En la época precartesiana, la filosofía y por tanto el cogito, o más bien cognosco, estaba subordinado al esse, que era considerado primordial. A Descartes, en cambio, el esse le pareció secundario, mientras estimó que lo principal era el cogito. De este modo, no solamente se producía un cambio de rumbo en el modo de filosofar, sino también un abandono decisivo de lo que había sido la filosofía hasta entonces y, particularmente, para Santo Tomás de Aquino: la filosofía del esse. Ante todo se interpretaba desde el prisma del esse y desde esta perspectiva se buscaba una explicación a todo. Dios, como el Ser plenamente autosuficiente (Ens subsistens), era considerado el fundamento indispensable de todo ens no subsistens, ens participatum, de todos los seres creados y, por lo tanto, también del hombre. El cogito, ergo supuso la ruptura con este modo de filosofar. Lo  primordial  era  ahora  el  ens cogitan. Así  pues, a  partir de Descartes, la filosofía se convierte en la ciencia del puro pensamiento: todo lo que es esse –tanto el mundo  creado  como el Creador- permanece  en el campo del cogito, como contenido de la conciencia humana. La filosofía se ocupa de los seres en la medida en que son contenidos de la conciencia y no en cuanto existentes fuera de ella.
 
 De esta manera, la consecuencia de esta filosofía, trae como resultado la emancipación de la subjetividad, convirtiendo a la naturaleza en objeto mecánico que se puede poseer y explotar, incluyendo la naturaleza corporal.
 
 Por el contrario, la Verdad esta fuera de mi, yo solo la develo, conozco y descubro su esplendor y mi inteligencia se adecua a esta verdad objetiva. 
 
 3.2       El valor de la vida: unidad del cuerpo y alma.
 
 El respeto, la protección y el cuidado debido propiamente a la vida humana, se derivan de su singular dignidad. “En el ámbito de toda la creación esta dignidad tiene un valor único”. El ser humano, en efecto, es la “única criatura que Dios ha querido para Si mismo”. Todo ha sido creado para el hombre (J. Pablo II, “Veritatis Splendor). Sólo  el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (Cf. Gn. 1, 26-27), no tiene su fin ni su término en otro o en otros, sino solamente en Dios para el cual existe. Sólo el hombre es persona: tiene dignidad de sujeto y valor de fin. 
 
La vida humana irreductiblemente corporal y espiritual. “En razón de su unión sustancial con el alma espiritual, el cuerpo humano no puede ser considerado solamente como un complejo de tejidos, órganos y funciones, ni puede ser valorado del mismo modo que el cuerpo de los animales, ya que es parte inherente de la persona que a través de su cuerpo se manifiesta y se expresa” (Donum Vitae).
 
Cada intervención sobre el cuerpo humano “no se limita solamente a los tejidos, órganos y sus funciones, sino que involucra también los diversos niveles de la persona misma” (Ibid).
 
De esta manera, Juan Pablo II afirma: “El cuerpo es una realidad típicamente personal, signo y lugar de las relaciones con los demás, con Dios y con el Mundo” (Evang. Vitae, 23). 
 
En definitiva, “la inviolabilidad de la persona, reflejo de la absoluta inviolabilidad de Dios mismo, encuentra su primera y fundamental afirmación en la inviolabilidad de la vida humana” (J. Pablo II, Cristi Laici 38).
 
3.3      Valor incomparable de la persona humana.
 
 La raíz de los problemas éticos, está en la cuestión gnoseológica. La Iglesia defendió siempre la capacidad del hombre para conocer la verdad, defendió la capacidad intelectiva del ser humano, por esto el papa Juan Pablo II afirma: “Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (Cof. Rom 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término,  y afirmar el derecho de cada ser humano a ser respetado totalmente en este bien primario suyo. 
 
En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política” (Evang. Vitae 2).
 
 
(Redemptor Hominis).Así un claro reflejo del humanismo cristiano es la bella afirmación de S. Irineo de Lión (S. II),Gloria de Dios es el hombre viviente y la vida del hombre es ver a Dios”.
Monseñor Roberto Juan González Raeta.
 Delegado Diocesano de la Pastoral de la Salud.

Índice
Fundamentos de la Bioética

1) Fundamentos de la Bioética en la Encíclica Evangelium Vital.

2) El hombre como persona.

3) Consecuencias de esta concepción.

    -La relación entre la naturaleza y la persona
    -El valor de la vida: unidad entre cuerpo y alma
    -Valor incomparable de la persona humana
4) Bibliografía
5) Indice

 

Obras consultadas.
- Encíclica: “Evangelium Vitae”.
- Carta a los Agentes de la Salud”. Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes de la Salud.
- P. E. Charbonneau: “Cristianismo, Sociedad y  Revolución”.
- Juan Pablo II: “Memoria e Identidad”.
- Mons. Elio Sgreccia: “Los fundamentos de la Bioética en la Encíclica”, en reflexiones sobre la Carta Encíclica del Sumo Pontífice Juan Pablo II.
- Mons. Octavio N. Derisi: “La Persona, su esencia, su vida, su mundo”.